Asociacion de Desarrollo Rural Saja-Nansa
Consejería de Ganadería, Agricultura y Pesca del Gobierno de Cantabria
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Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación
24-07-2008
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Historia de la Comarca

Historia de la Comarca
HISTORIA

Antes de la conquista romana, la descripción que Estrabón hace de las formas de vida y la organización social de los cántabros nos habla de una sociedad gentilicia, exageradamente matriarcal y guerrera, cuya economía se basaba en la recolección, una rudimentaria agricultura y una ganadería transhumante, que complementaban con las frecuentes razzias a los graneros de los habitantes del sur. Cabe suponer razonablemente que la dominación romana hubiera de influir en el cambio de esta forma de organización social. Es sabido que los romanos pusieron voluntad en ello, obligando a los cántabros a descender a las tierras más llanas, a abandonar sus emplazamientos más o menos provisionales de los valles altos y laderas de los montes a desarrollar la agricultura, todo ello con el doble objetivo de integrarlos y controlarlos. Sin embargo, la influencia romanizadora no parece haber sido excesiva en nuestro área, quizás por haber quedado un poco al margen de los centros importantes de la región cantábrica.

Cierto que la presencia romana existió. Plinio da cuenta de la explotación de las minas de sal de Treceño y Cabezón de la Sal, que en su mayor parte se exportaba por vía marítima, probablemente por el puerto de Comillas. Pero la franja costera del área también contó con un puerto de cierta importancia, el mencionado en las fuentes antiguas como "Portus Vereasuecae", que ha sido identificado por algunos especialistas con San Vicente de la Barquera o quizás con un puerto más oriental, en torno a la desembocadura del Nansa. Por otro lado, las rías de Tina Mayor y Tina Menor pudieron servir de varadero (statio) a la navegación romana, al igual que la ría de la Rabia, donde se han hallado monedas imperiales de los siglos II, III y IV después de Cristo.

Historia de la ComarcaHacia el interior, la presencia romana ha dejado su impronta en las vías. Aunque de carácter secundario, el área se vio cruzada de norte a sur por dos vías desde las cuales surgieron a su vez derivaciones. La primera corresponde a la prolongación de la que se conoce como vía del Burejo, que comunicaba la Meseta (Herrera de Pisuerga) con Liébana. Otra vía a la que también se le considera romana es la conocida como vía del Collado de Somahoz, que conduciría hacia el valle del Saja por Palombera.

Aunque de cronología dudosa, quizás también sean de la misma época la variante que desde Valle o Ruente enlazaban con el valle del Nansa a través de la Collada de Carmona o la que atravesaba la sierra del Escudo de Cabuérniga por la Cambera de los Moros hacia Treceño. Mucho menos aceptada entre los especialistas se encuentra, por su parte, la llamada vía de Agrippa, que recorrería la costa a lo largo de toda la región.

A pesar de estos testimonios de la presencia romana, no es posible destacar huellas perdurables, y ni tan siquiera débiles de romanización. Las vías no contribuyeron a fijar la población salvo quizás en unos pocos núcleos como los lugares de explotación minera. Por otro lado, la escasa romanización que consiguió penetrar retrocedió rápidamente en los siglos subsiguientes a la caída del imperio. Los cántabros fueron olvidando a sus dominadores y recuperando plenamente sus costumbres y formas de organización social, tanto más cuanto que no recibieron, hasta después de la invasión árabe, población visigoda. En ese momento, la organización social predominante en este territorio era la del clan familiar avunculado, en el que la propiedad permanecía indivisa y la jefatura familiar se transmitía, no a través de la mujer, ni tampoco del pater -familias- como en el derecho romano, sino del hermano de la madre, es decir, a través del tío materno.

História de la ComarcaEsta sociedad reposaba ya en una economía básicamente pastoril, basada en una ganadería itinerante que, siguiendo las estaciones, ascendía a los puertos de altura o descendía a los pastos bajos, pero en recorridos que probablemente incluían todo el valle, desde la cabecera hasta la desembocadura. La agricultura seguía estando muy poco desarrollada y aún era asunto principalmente de mujeres.

Aún en el siglo IX parece haberse mantenido esta situación, a juzgar por la ausencia de menciones documentales. Sólo se conocen algunos asentamientos de ese siglo en la parte baja del valle del Saja -en torno a Cabezón de la Sal-, relacionados sin duda con la explotación salinera.

Es cierto que ya para esta época -concretamente desde el siglo anterior-, el área habría recibido, desde el sur, población que venía huyendo de las invasiones árabes. La primera razzia foramontana tuvo lugar a mediados del siglo VIII, dirigida por Alfonso I, aprovechando la sublevación bereber que tuvo lugar en el norte de África, y que extendía al sur de la Península, mantuvo ocupados a los musulmanes.
Cuando, sofocada aquella hubieron de retirarse los foramontanos hacia las montañas, se replegó con ellos una buena parte de la población cristiana que habitaba al norte del Duero. El contacto de la población cántabra con la recién llegada integrada ya en las formas de civilización visigótica, no pudo dejar de tener su efectos aculturadores. Sin embargo, el proceso fue lento y aún tardarían en desintegrarse los viejos clanes y linajes, y en sedentarizarse definitivamente la población. Fue en los siglos siguientes cuando las presuras y la tendencia hacia la nuclerización de las familiar dieron origen a una nueva organización social y, con ella, a una nueva organización territorial.

Historia de la ComarcaLos primeros asentamientos se produjeron aún en forma de comunidades gentilicias de economía básicamente pastoril. Lo que se apropia son terrenos donde ya desde antiguo se venían practicando las técnicas extensivas de pastoreo, donde se utilizaba la grana de los hayedos y robledales, así como el matorral y los pastos que, quemando de forma controlada el bosque, habían conseguido crear. La grana, pastos, sesteaderos, fuentes, etc. que formaban parte de unos espacios hasta entonces de aprovechamiento común se convirtieron a través de las presuras en privativos de los grupos que los habían tomado.

Una vez privatizados esos espacios y sedentarizadas las poblaciones se procedió la roturación de grandes parcelas -por medio del sistema de roza- destinadas ya no a pastos sino a cultivos. Dentro de estos espacios rozados colectivamente, y debido a lo atrasado de las técnicas agrarias, que exigían periodos de barbecho largo, se establecieron una serie de parcelas itinerantes (sernas), que únicamente se fueron fijando conforme el barbecho se fue haciendo menos necesario y el periodo de descanso pudo reducirse.

En cuanto a los núcleos de población, los primitivos poblados no debían ser más que campamentos de pastores que se habían sedentarizado, pero cuya estructura apenas habría cambiado: casas precariamente construidas con palos, hojas y paja, agrupadas todas a veces en torno a ciertas instalaciones que con el crecimiento de la producción agraria se hicieron necesarias, tales como el granero y hórreo, todas ellas ocupaban aún el solar gentilicio. En el proceso de disolución de la comunidad familiar, y con el reparto de una parte del solar, se modificó también la fisonomía de esos campamentos. Cada unidad domestica fue individualizando su propio solar. La fragmentación del grupo gentilicio debió de producirse en principio a través de unidades consanguíneas amplias que se separaban del solar y constituían uno propio en las proximidades. Surgían así los barrios. Tanto dentro de la unidad originaria como de estos nuevos asentamientos, el proceso se repetiría, y, en muchos casos, las unidades serían cada vez más reducidas, a la vez que internamente también se produciría un proceso de disolución: las casas se separaron, apareciendo entre ellas espacios no edificados adscritos a cada casa o cada grupo de casas. Así se explica la forma aún predominante de organización de los núcleos de población en barrios o aldeas pequeñas y alveolares, cuya única excepción la constituye el modelo alineado al borde mismo de un camino.

Por su parte los terrazgos permanentes se establecieron en las vegas, las llanas de fondo de valle o los rellanos de media ladera, es decir, en los lugares donde las tierras ofrecían mejores posibilidades. En estas áreas fueron surgiendo nuevos núcleos de poblamiento, generalizando el modelo de emplazamiento que hoy podemos contemplar en los valles bajos y medios.

El terrazgo se organizó en torno a ellos, dividido en varias hojas o mieses que pronto hubieron de ser cercados para evitar los daños que el ganado pudiera producir en los cultivos.

Historia de la ComarcaAunque la agricultura entró a formar parte de las labores de la población del área, el dominio de la ganadería extensiva siguió siendo total, al menos en los valles altos. Si embargo, con la sedentarización de la población y la presura de los territorios, el sistema de trashumancia tuvo que cambiar. Ya no era posible el pastoreo nómada practicado por sus antepasados, sino que era necesario organizar y ordenar los espacios que habían de servir para sostener la cabaña ganadera. De este modo surgirá la organización del espacio agropastoril que perdurará, en sus aspectos principales, hasta la época contemporánea. El valle era en ella la unidad territorial superior y tenía naturaleza supracomunitaria. Comprendía los territorios de varias comunidades, pero era sólo la suma de ellos. Contaba con bienes privativos del mismo uso común para el conjunto de las comunidades en él reunidas. Además de estos espacios comunes, cada concejo, formado habitualmente por varias aldeas o barrios, disponía de sus espacios privativos. Su uso era también colectivo pero de funcionalidad más compleja, ya que sobre ellos se asentaban -además de las brañas y se les intermedias o baja- las borizas destinadas al ganado de labor, los prados del toro, los invernales, los helgueros y, por supuesto los bosques.

 
Ya para los siglos XI y sobre todo XII las comunidades rurales del área habían perdido el carácter gentilicio y correspondían más bien al tipo vecinal. El proceso descrito se hallaba concluido casi por completo. A mediados del siglo XIV y principios del siglo XV dos importantes fuentes -el Becerro de las Behetrías y el Apeo de 1404- nos permiten conocer la existencia de una buena parte de los lugares que hoy existen. Muchos de ellos se hallan asentados junto a las antiguas ruinas romanas y otros sobre vías más recientes, como la de los collados que conducía a Castilla por Piedras Luengas o a Campóo por el Collado de Sejos. Otra vía transversal discurria -al menos en el siglo XVI- próxima la costa, quizás siguiendo el trazado de la dudosa vía romana de Agrippa.

La revitalización de las antiguas vías romanas y la apertura de nuevos caminos fue, al menos en parte, la consecuencia de la propia revitalización de los intercambios mercantiles, que hicieron necesaria la conexión entre la costa y el interior castellano -nuevamente poblado por foramontanos- y, al tiempo, entre los propios valles de Cantabria. Su importancia estratégica queda de manifiesto a través de las numerosas torres fortaleza que, al menos desde el siglos XIV jalonaban estos caminos.

De muchas de ellas quedan restos físicos o menciones documentales como las de El Tejo, Losvia, El Barcenal y Estrada, en el camino de la costa; la de Terán, en el valle del Saja; las de Cabanzón y Celis, en el valle del Nansa, o las de Carmona, Obeso y Linares en Peñarrubia en el camino transversal de los collados.

Empresa de Telares en San Vicente del MonteEL PRESENTE DE LA COMARCA

Con los inicios de la industrialización y de la integración en los sistemas de mercado, el complejo de actividades complementarias tradicionales de los campesinos del área se resintió y fue decayendo definitivamente. Esa pérdida de una parte de los recursos campesinos no fue compensada ni con la aparición de otras actividades nuevas ni con una intensificación de la actividad agraria y ganadera, salvo quizás, en pequeña medida, en los municipios de la marina.

Los tempranos balbuceos de la industrialización cántabra dejaron prácticamente al margen al área. Al comenzar el siglo, el conjunto de empleos no agrarios que registraba el área era de poco más de trescientos, de los cuales la mitad correspondía al empleo minero que proporcionaban las minas de La Florida y de Herrerías. El resto tenían aún una importante componente artesana. Molinos, tahonas, zapaterías, pequeños aserraderos, carpinterías y herrerías constituían la base principal del empleo. Al margen de ellos, y únicamente en los municipios de San Vicente de la Barquera y Val de San Vicente, sólo la industria conservera concentraba una parte del empleo (una tercera parte, si excluimos el minero). Ni siquiera, por tanto, estos municipios de la franja costera -a cuyo empleo no agrario habría que añadir la pesca- presentaban indicios de incorporarse al sistema industrial que se estaba desarrollando en otras áreas de la región, como el entorno de Santander o Torrelavega y el corredor del Besaya.

La situación se mantuvo casi estacionaria durante todo el primer tercio de siglo. Algunas pequeñas iniciativas de escasa entidad como la fábrica de albarcas construida en el núcleo de Saja (Los Tojos)- no pudieron contrarrestar la progresiva ruina del trabajo artesanal, definitiva ya tras la Guerra Civil. Durante los años cuarenta y hasta el inicio de la crisis de mediados de los setenta, únicamente las conserveras, la minería -ya en decadencia- y, esporádicamente, la construcción de Saltos del Nansa, debieron ofrecer un cierto volumen de empleo industrial dentro del área.
La Ganadería
Al iniciarse la crisis, a excepción de los tres municipios de la marina el área se configuraba como un espacio de completo vaciamiento industrial. E incluso en el caso de aquellos tres municipios menos desfavorecidos (San Vicente de la Barquera, Val de San Vicente y Valdáliga), la oferta local de empleo industrial raramente superaba el centenar de puestos de trabajo, correspondientes las más de las veces a establecimientos de ínfimas o muy pequeñas dimensiones (especialmente en las ramas de panadería y repostería, madera, electricidad, construcción, etc.) y por ello, escasamente adaptables a las difíciles condiciones de crisis económica (buena prueba de lo cual ha sido la práctica liquidación, en los últimos años, de los que quedaban del sector conservero).
No obstante, la ausencia o escasez de oferta de empleos locales en la industria no significaba aún, en aquellos años, una equivalente ausencia de posibilidades de empleo industrial para los habitantes del área. En algunos municipios, los activos industriales llegaron a alcanzar hasta la tercera parte de la población activa local, el equivalente a la media regional. Se trataba de aquellos municipios que, como Ruente, Valdáliga, Herrerías o Rionansa, se encuentran contiguos a pequeños centros urbanos como Cabezón de la Sal o San Vicente de la Barquera, sobre cuyas cuencas de empleo gravitan la mayor parte de sus activos no agrarios.

Por lo demás, la evolución reciente de las iniciativas empresariales en el ámbito industrial no permite augurar una situación futura sustancialmente diferente.

En lo que se refiere a la actividad agropecuaria, casi exclusiva en la mayor parte de los municipios del área, su evolución tampoco ha sido muy favorable, aunque en todo caso, ha sido marcadamente diferenciada. Así mientras en los municipios costeros e intermedios, mejor comunicados y con un territorio de escasa altitud y bajas pendientes, se ha producido una especialización láctea que, como en la mayor parte de la región, reposa sobre el ganado vacuno de raza frisona, explotado en forma intensiva, en los municipios, más bien la ganadería extensiva, que continúa reposando en la vaca tudanca.

Dado que su cualidad de animal de trabajo se ha desvalorizado, se ha intentado orientarla hacia la producción de carne, para la que la raza pura tenía pocas aptitudes. Por eso, sobre todo desde los años sesenta, se ha iniciado una estrategia de cruces con pura alpina que no ha dado mal resultado. La raza mixta se ha adaptado bien a los puertos y brañas, que aún se siguen utilizando durante el verano, conservándose en lo esencial, la organización del espacio tradicional y las prácticas de pastoreo.

 
Las explotaciones agrarias, fundamentalmente orientadas a la producción forrajera tanto en la marina como en el interior, siguen siendo excesivamente pequeñas, a pesar de que en la mayor parte de los municipios el tamaño medio ha aumentado debido a una fuerte disminución del número de las mismas que, en general, ha afectado a las de tamaño más reducido. Las explotaciones menores de cinco hectáreas han dejado de ser más de la mitad del total en algunos de los municipios más septentrionales, como San Vicente de la Barquera, Val de San Vicente y Herrerías, pero también en los de cabecera como Lamasón, Peñarrubia, Tudanca y Polaciones.

En estos tres últimos la proporción de explotaciones menores de cinco hectáreas disminuyó mucho entre 1.962 1.982, como consecuencia muy probablemente de la pérdida de población. En el resto de los municipios, la tendencia parece apuntar en la misma dirección, hacia un aumento en el tamaño de las explotaciones, favorecido por la inevitable desaparición de muchas de ellas, como consecuencia del abandono de la actividad de un número considerable de ganaderos mayores de 65 años y la jubilación anticipada -acogiéndose a las ayudas comunitarias- de muchos mayores de 55 años, que en buena parte carecen de sucesión. En todo caso, la estructura de las explotaciones parece seguir manteniéndose dentro de un minifundismo bastante acentuado, que se ve acompañado además por una excesiva parcelación. Las problemáticas agrarias a las que se enfrentan los distintos subsectores del área resultan considerablemente diferentes.

Los servicios, sobre todo recientemente, se han configurado como la actividad no agropecuaria de mayor relieve, con una participación en el total de la población activa de aproximadamente la tercera parte, inferior en cualquier caso a la media regional.

Se trata además -y ello es lógico si se considera la escasa actividad industrial y las características de arcaísmo de la agraria-, de un sector de rasgos tradicionales, asentado sobre el comercio banal, los servicios personales, los servicios administrativos y sociales y la hostelería. En cualquier caso, su distribución espacial resulta extraordinariamente contrastada, tanto en su volumen como en el peso de los diferentes subsectores. Así los municipios costeros resultan ser los que presentan tasas de población activa terciaria por encima de la media del área, con un peso significativo en la hostelería, ligado sin duda al turismo de sol y playa. En el otro extremo municipios como Herrerías, Peñarrubia o Lamasón -o, en menor medida, los del alto Nansa- se configuran como espacios en los que, a unas tasas más bajas, se añade una composición del sector asentado sobre los servicios públicos y sociales más elementales. Por su parte, las tasas intermediarias del alto Saja sugieren, además de lo anterior, el incipiente desarrollo de hostelería ligada a la demanda de turismo de interior, cazadores y excursionismo de fin de semana.

Esta evolución económica ha tenido importantes repercusiones en la evolución de su población. No obstante, una observación más detallada de su dinámica nos muestra un panorama bastante diferenciado en el interior del área.

Así mientras municipios como San Vicente de la Barquera han sostenido una permanente dinámica de crecimiento sólo interrumpida durante los años setenta, y otros tan sólo se vieron afectados en la década de emigración masiva, recuperándose más tarde, la mayor parte de los municipios (Ruente, Cabuérniga, Los Tojos, Lamasón, Peñarrubia, Tudanca y Polaciones) vienen perdiendo población desde los años veinte o treinta y, a diferencia de los anteriores, no se han visto favorecidos por la recuperación relativa de la última década.

Esta nítida diversidad de comportamientos entre unos municipios y otros, resultado sin duda de la total ausencia de perspectivas que han dominado en los municipios del interior, ha dado lugar a que hoy el territorio del área aparezca marcadamente diferenciado en cuanto a la distribución de la población. Así, más del cuarenta por ciento se concentra en los dos municipios plenamente costeros, los cuales, en unión de los dos inmediatos (Herrerías y Valdáliga), acaparan casi las dos terceras partes del total. Este vaciamiento ha tenido su incidencia en el paisaje, manifestándose en el deterioro, por abandono, de una buena parte del caserío y de los terrazgos. En algunos pueblos de Polaciones el bosque ha avanzado hasta entrar casi en contacto con el caserío. Por lo general, el vaciamiento se ha notado más en aquellos núcleos que han quedado marginados de las carreteras comarcales. Al contrario, los lugares que han quedado sobre la carretera general y en la marina han sido los menos afectados por el vaciamiento, pero la instalación de nuevas actividades, la explotación ganadera intensiva y una cierta moda, sobre todo durante los años setenta, han transformado significativamente su aspecto con la construcción de nuevas viviendas, tipo chalet, y con la utilización de materiales modernos (hormigón, aluminio, etc.) tanto en las nuevas construcciones como en las reparaciones de las antiguas.
Finalmente, esta jerarquización de los núcleos de población impuesta por las nuevas vías de comunicación se ha traducido en la aparición de núcleos nuevos y en el reforzamiento de otros convertidos en pequeños centros de servicios por su situación de cruce de caminos. El caso más significativo es el de Unquera, que nació como consecuencia de la instalación de la estación del ferrocarril de vía estrecha desde 1.890, reforzando su papel con el paso de la carretera general y por su posición de encrucijada con la carretera de Liébana; pero existen otros ejemplos igualmente ilustrativos, como el de Treceño o Puentenansa.

En definitiva, el área presenta en su interior contrastes más o menos marcados, especialmente desde el punto de vista de su dinamismo actual y de su específica forma de articularse con las demandas externas (sobre todo en materia de ocio y turismo). De un lado, la franja costera en un sentido amplio, identificable con los municipios de Val de San Vicente de la Barquera y Valdáliga, caracterizada por un medio natural considerablemente castigado, un patrimonio edificado sumamente alterado, una densidad importante de vías de comunicación y de transporte (tanto en el sentido de las conexiones del área con la zona central de Cantabria y con Asturias, como en el sentido de la conectividad interna), un dinamismo económico cuando menos apreciable y una población relativamente joven y estable.

Frente a ella, frente a la marina, los valles centrales y altos se configuran como un grado más avanzado en la depresión del área en su conjunto, servidos por vías de comunicación menos densas (especialmente en las travesías entre valles) y menos utilizadas ( la presencia de dos carreteras generales de comunicación con la Meseta no obsta para que su uso de largo recorrido se vea perjudicado en beneficio de otros ejes regionales, especialmente el del Besaya), vaciados de población y habitados por comunidades demográficamente desarticuladas, desprovistas de actividad económica con futuro y, en cambio, poseedores -como consecuencia en parte de su propio abandono- de un patrimonio natural y cultural tan rico o más que el de la marina, que entre otras cosas, se refleja en las grandes superficies boscosas, la mejor conservación de la tipología tradicional del caserío y la persistencia de la actividad artesana de la madera.

Marina y valles, pues, constituyen los extremos de una primera línea de diferenciación interna del área. Pero aún siendo la principal, no es desde luego la única. A ella se añade otra que contribuye a diferenciar muy notablemente un valle de otro. Porque si es cierto que tanto el valle de Cabuérniga como el del Nansa participan de ciertos rasgos comunes en su relación con la marina, no es menos cierto que las diferencias entre uno y otro, sobre todo en lo que a expectativas de uso se refiere, resultan cuando menos llamativas.

El valle del Saja, más accesible desde las aglomeraciones urbanas del centro de la región, se viene configurando en los últimos años (y ello en todos sus municipios, desde Ruente y Cabuérniga hasta el más alto de Los Tojos) como un espacio recreativo de fin de semana de primer orden, capaz de competir -al menos fuera de la temporada estival- con la propia marina. Así la existencia del Parque Natural Saja-Besaya, la considerable actividad -local y regional- de promoción turística, animación cultural y la superior oferta de infraestructuras para ocio, evidencian la presencia de una relativamente elevada actividad privada asociativa, así como una nítida opción estratégica de futuro. Todo lo contrario de lo que, por su parte ocurre con el valle del Nansa (que, a estos efectos puede prolongarse hasta su tramo bajo). Municipios como Polaciones, Tudanca, Rionansa, Lamasón, Peñarrubia e incluso Herrerías, se configuran en efecto, como espacios poco menos que enclavados, estancados y, en algunos casos, al borde de la simple reposición demográfica: como el colmo de la depresión en suma.

Lógicamente, el primer complemento procedía de la utilización de los propios recursos naturales, Así, aunque la actividad recolectora no se encuentre muy documentada, sin duda fue uno de los recursos complementarios más extendido. Avellanas, arándanos, moras o caracoles, se unieron a la dieta alimenticia de los campesinos, contribuyendo a diversificarla. También se utilizaban los recursos naturales faunísticos. La caza no sólo era una actividad defensiva frente a los predadores de ganado o dañadores de cosechas y frutos, sino al tiempo una actividad económica que procuraba carne, pieles, sebo y otros productos. Así, osos, lobos, jabalíes, urogallos, etc., eran abatidos junto a liebres, codornices, perdices y becadas, como constata Madoz para mediados del siglo XIX.

En cuanto a la pesca, se practicaba con métodos dañinos y esquilmadores (encalado de los ríos, etc.) hasta el punto de que las ordenanzas concejiles señalaban en muchos casos la prohibición de utilizar tales métodos por nocivos, evidenciando a la vez la importancia y extensión de esta actividad. En los tramos bajos de los ríos Deva y Nansa la pesca del salmón fue, por su parte, una actividad de gran interés económico.

Una actividad no muy extendida entre la población pero sí con presencia en todos los pueblos, era la apicultura. La miel fue el único endulzante en el medio rural hasta la historia reciente, mientras la cera sirvió a la iluminación y, sobre todo, al rito religioso. Se trataba, pues, de elementos necesarios en la comunidad, pero cuya explotación quedó normalmente en manos de uno o dos vecinos, los únicos que poseían las colmenas. Al igual que estos campesinos -apicultores, existían otros vecinos que en cada pueblo desarrollaban algún oficio que buscaba cubrir ciertas demandas locales. Dos eran principalmente estos oficios que sólo atendían demandas internas: el de herrero y el de sastre. Oficios ambos que sólo desarrollaban unos meses al año y de una forma muy poco cualificada, como se encargan de poner de manifiesto los agentes que responden al Catastro de Ensenada: sólo arreglaban aperos de labranza o cosían ropa muy ordinaria.

Aunque en cada comunidad campesina, y aparte de estos oficios y del de molinero, no había muchas más opciones de empleos alternativos, en el área existían algunas instalaciones protoindustriales y de extracción que proporcionaban trabajo a los campesinos del entorno y a veces, también a los de áreas más alejadas. Tal es el caso de las ferrerías, actividad que tiene presencia en la zona desde la Edad Media. E igualmente participaban, especialmente los carreteros de Polaciones, en la extracción y transporte de la sal desde los pozos de Treceño y Caviedes hasta algunos núcleos de la región o incluso hasta Castilla.

Muy extendido, sobre todo en los pueblos de los valles medios y altos se encontraba el trabajo de la madera, principalmente orientado a la fabricación de albarcas y aperos de labranza, pero también -principalmente en Polaciones y Los Tojos- de muebles, ruedas y carros. Realizados en el soportal de las casas o en las socarreñas durante los meses de invierno, se llevaban durante el verano a vender a Castilla, permitiéndoles traer a cambio harina, vino y otros productos para su propia manutención o para su venta en las ferias y mercados regionales. Prácticamente todos los vecinos realizaban esta actividad durante el invierno, combinándola en otras épocas del año, no sólo con las de la explotación agropecuaria, sino también con otras. Por ejemplo, en las respuestas del Catastro de Ensenada se señalaba que, en todos los pueblos de Polaciones, sus vecinos dedicaban 75 días a la sierra, 75 a la carretería y el resto a la fabricación de ruedas y carros.

Todas estas actividades permitían a los campesinos de los valles medios y altos obtener la mayor parte de los recursos que componían su economía dentro del propio área, desplazándose únicamente para vender sus productos en las ferias castellanas o regionales. Sólo la actividad de la sierra, en la que participaban principalmente los vecinos de Polaciones, les obligaba a estar ciertas temporadas alejados de sus casas.

Por otro lado, al menos en algunos lugares de Cabuérniga existía la costumbre de que los jóvenes emigrasen a Andalucía para trabajar en tabernas o almacenes de comestibles durante un periodo de su vida. Allí ahorraban el dinero suficiente para adquirir el patrimonio inicial que les permitía casarse e iniciar una nueva familia. Este corriente lazo con Andalucía hizo que la voz popular bautizase con el nombre de jándalos a aquellos vecinos que hacían tales viajes y que al volver sorprendían al resto de la comunidad con su acento y hábitos. Otra forma de emigración temporal era la practicada por un buen número de vecinos de los valles de la marina especializados en la cantería. Canteros, mamposteros y, a veces, también carpinteros recorrían la península en busca de obras en las que trabajar durante unos meses al año. Salían generalmente en verano, después de recogida la sementera, para volver en la época de la cosecha de otoño. Aunque no tenían la fama de los canteros trasmeranos, la práctica estaba muy extendida, como lo demuestran el hecho de que en Prellezo, a mediados del siglo XVIII, fueran 24 los vecinos canteros que salían durante el verano.

Finalmente, una emigración más duradera se efectuaba a América, que llegó a ser más frecuente en el siglo XIX. Los altos costes del viaje exigían una inversión inicial que no todos podían pagar. Sin embargo, la documentación notarial muestra cómo muchos vecinos recurrían al crédito para poder enviar a sus hijos a una supuesta tierra de promisión allende de los mares.





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